
Tito y Pelusa: 45 años encendiendo sonrisas
Leticia Pieretti entrevistó a Rubén González, luego de la distinción en el Concejo rosarino.
La distinción a Tito, Pelusa y Gabyta como Artistas Distinguidos de Rosario no llegó sola; vino acompañada por un aluvión de recuerdos, como si miles de infancias hubieran encontrado una puerta abierta para volver a entrar.
La charla con Rubén González, Pelusa, avanzó con esa mezcla de emoción y sencillez que tienen las conversaciones verdaderas. En SUR + En Vivo, Leticia Pieretti lo entrevistó desde un lugar cercano, casi familiar, porque así te lo hacen sentir estos entrañables después de tantos años compartidos, de saberlos cercanos porque supieron y saben acompañar a miles de infancias.
La conductora contó que lo había visto en su querida escuela Belgrano cuando era chica y que, años después, al cruzarlo, no pudo evitar saludarlo con la sorpresa intacta de aquella alumna que alguna vez lo miró desde abajo del escenario.
Pelusa habló del reconocimiento como “una caricia al alma”. No lo hizo desde la solemnidad, sino desde el agradecimiento de quien sabe que los aplausos cotidianos valen mucho, pero que una ciudad decida detenerse para nombrar a sus artistas también tiene un peso distinto. Recordó que la iniciativa fue impulsada por María Fernanda Rey y que en el Concejo se reencontró con personas ligadas a los primeros años, entre ellas Roberto Lara, el locutor que presentó a Tito y Pelusa cuando todo en televisión era en vivo y hasta los comerciales se hacían respirando el mismo aire del estudio.
La entrevista fue hilando escenas como quien abre una caja llena de fotos. Aparecieron México, Televisa, los circos, las escuelas, los clubes. También el presente que no se detiene, con presentaciones en vivo por toda la región y la cita infaltable con la risa todos los sábados a las 10.30 por Canal 3. El centro fue la trayectoria, pero no como calendario, sino en aquello que produjo en los demás. “Vos me salvaste la vida”, le dijo una vez un hombre que había pasado más de sesenta días en recuperación luego de un accidente y encontraba en los programas grabados en VHS una forma de alivio. Pelusa todavía se pregunta qué hizo, y al mismo tiempo entiende que a veces acompañar también es eso: estar del otro lado de una pantalla cuando alguien necesita un motivo para resistir.
Otra historia llegó desde Cañada de Gómez. Una madre pidió que Tito y Pelusa fueran a ver a su hijo recién nacido, internado con serias dificultades respiratorias. Ellos fueron hasta el sanatorio, se acercaron a la incubadora y le dieron una caricia. Años más tarde, aquel chico subió a un escenario para abrazarlos y decirles que por ellos estaba vivo. No era una explicación médica ni hacía falta que lo fuera. Era la prueba de que la esperanza muchas veces se agarra de símbolos, de presencias, de pequeños rituales que ayudan a atravesar el miedo.
Rubén también habló del tiempo, pero sin nostalgia pesada. “Para mí fue ayer”, dijo sobre los 45 años de historia. Y enseguida dejó una de las claves más luminosas de la charla: “Hay que vivir el aquí y el ahora, porque ahora estamos haciendo el futuro”. En esa idea parece resumirse buena parte del secreto de Tito y Pelusa: no quedarse atrapados en lo que fueron, sino seguir encendiendo el presente con la misma disposición al juego.
Por eso las palmitas siguen funcionando. En Córdoba, en una aerosilla, alguien los reconoció y comenzó a aplaudir con ese ritmo aprendido en la niñez. En una casa cualquiera, una persona prende el programa y sostiene una sonrisa durante una hora. “Eso es lo que queremos y eso es lo que transmitimos”, contó Pelusa. La risa, en su caso, no aparece como evasión ingenua, sino como una forma de cuidado. Una manera de hacer más liviano el día de otro.
Cuando Leticia le preguntó qué le mantenía la sonrisa, Pelusa nombró a su hijo Emanuel, a la familia, a los amigos, al programa, a la gente y a los chicos a los que les da clases de teatro en una biblioteca de Cabin 9. Dijo que ellos le devuelven más de lo que él puede enseñarles. Tal vez ahí esté la escena final de esta historia: un artista que recibió un homenaje por lo hecho, pero que todavía encuentra sentido en seguir compartiendo, enseñando y jugando.