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Ritbox, una historia de vida que se volvió comunidad

Una infancia atravesada por el dolor y años de escuchar experiencias de depresión, ansiedad y encierro impulsaron la creación de clases gratuitas para cientos de personas.

Antes de reunir a una multitud con música y movimiento, Miguel Jesús Martínez aprendió a reconocer el dolor en las palabras ajenas. Hace más de 13 años trabaja como peluquero y, en ese contacto cotidiano, escuchó relatos de depresión, ansiedad, duelos y encierro. Un día sintió que debía hacer algo, publicó un estado de WhatsApp, llevó un parlante al predio Cilsa y comenzó a dar clases gratuitas de Ritbox.

La iniciativa empezó el 2 de septiembre y, en un mes y medio, ya congrega a casi 400 personas. Miguel relató ese crecimiento en SUR + En Vivo, durante la entrevista con la conductora Leticia Pieretti. No habló de números como una meta personal. Para él, cada asistente representa una historia que encontró un lugar donde ser escuchada sin juicios.

Una mujer se acercó a abrazarlo en medio de una clase. Su madre había fallecido luego de atravesar una depresión y ella sentía que estaba cayendo en el mismo pozo. “Hoy quiero volver a vivir”, le dijo. También llegaron jóvenes con miedo de salir a la calle y sobrevivientes de violencia de género que no podían vincularse con otras personas. En Ritbox encontraron una ronda capaz de sostenerlas, aun cuando el problema seguía esperando en casa.

 

Del dolor propio al abrazo colectivo

Miguel sabe qué significa ocultar una herida. Creció junto a siete hermanas, en un hogar atravesado por el alcohol, el hambre, el maltrato y la falta de protección. Su madre, el principal apoyo que tenía, murió de cáncer cuando él tenía 11 años. Poco después sufrió un abuso -que se sumó a otras situaciones similares vividas previamente- y sintió que había perdido todo sostén. Trabajaba desde los nueve, vendiendo en la calle, y durante años mostró alegría hacia afuera mientras en la intimidad convivía con pensamientos de muerte.

A los 19 años se aferró a la fe. No presenta aquel cambio como una solución inmediata ni se atribuye capacidades profesionales que no tiene. Lo que comparte son herramientas nacidas de su experiencia y del Evangelio, pero insiste en que la tarea no depende de una sola persona: “Este trabajo que estamos haciendo no lo hace Miguel solo; somos una comunidad que nos alentamos entre todos”.

Por eso las clases no se reducen al ejercicio. Hay gritos para descargar, mensajes de aliento en el grupo y un devocional cada mañana. También hay disfraces, consignas y encuentros temáticos que ayudan a vencer la vergüenza. 

Ritbox funciona los lunes, miércoles y viernes en el puerto, y los martes y jueves en Cilsa, por ahora a las 15. Con el aumento del calor, el horario pasará a ser después de las 18.30. La propuesta es abierta y cada persona avanza sin exigencias ajenas. “Después volvés a tu casa y el problema sigue intacto, pero vos ya lo ves y lo querés resolver de otra forma”, explicó.

Miguel encontró en lo vivido una forma de acercarse al dolor de otros. Lo que hace es poner esa experiencia al servicio de una comunidad que se reúne, se mueve y se espera. No busca negar el problema, sino explicar que pedir ayuda y volver a intentarlo son decisiones que pueden cambiarte el día y, con el tiempo, la vida. 

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