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Ludmi y Luna en Manos a la Obra: el oficio que cambió sus vidas

Las jóvenes peluqueras cuentan con recorridos distintos, pero ambas encuentran en Manos a la Obra algo que les faltaba: escucha, confianza, acompañamiento y una oportunidad.

Hay lugares a los que se llega buscando una herramienta y se termina encontrando una familia. Eso ocurrió con Ludmila Ponce y Luna Possetto en Manos a la Obra, donde la peluquería dejó de ser solamente un oficio para convertirse en una puerta abierta. La conversación tomó esa dirección en SUR + En Vivo, cuando Leticia Pieretti las invitó a poner en palabras aquello que habían recibido y también lo que ahora desean ofrecer a otras personas. Las lágrimas acompañaron el relato y alcanzaron también a quienes estaban detrás de cámara: mientras las experiencias encontraban su cauce, cada palabra parecía pedirle permiso a la emoción para poder salir.

 

El abrazo que hizo lugar

Ludmila llegó a los 16 años, con ganas de trabajar y la sensación de no encajar. Había dejado la escuela para ayudar en su casa, vendido pan casero y hecho trenzas a domicilio. La edad era una barrera repetida: demasiado joven para conseguir empleo, demasiado madura para quienes juzgaban su manera de enfrentar la vida. En Manos a la Obra encontró otra mirada. “Me recibieron como si me conocieran de toda la vida”, recordó. Un gesto sencillo cambió la escena: “Con un abrazo y sin conocerme me levantaron un montón”. Por eso volvió. No la retuvo únicamente un lugar físico; la sostuvo la experiencia de sentirse vista y escuchada.

Su historia no esquiva las noches difíciles. Ya independizada, con 18 años y una casa en construcción, hubo momentos en los que sólo tenía mate y unas galletitas. Una noche, sin turnos en la agenda, se arrodilló a rezar y se repitió que iba a estar bien. A la mañana siguiente, más de cinco clientas le escribieron para pedirle trabajos de color y mechas. “Yo ya confío; confío en que si le pido algo, sé que él me escucha”, contó. La fe, para ella, no borra las batallas: le permite imaginar que el dolor no es definitivo. “Ya va a pasar”, se dice aun cuando creerlo cuesta.

 

Otra puerta hacia el mismo encuentro

Luna llegó por otra puerta. Era peluquera desde hacía tres años, pero había postergado el ejercicio del oficio mientras cuidaba a sus hijos y esperaba las condiciones ideales: un local bien ubicado, todas las herramientas, cada detalle resuelto. Conoció a Ludmila al ofrecerse como modelo para sus prácticas y aquel encuentro continuó entre charlas, turnos y una propuesta inesperada: trabajar juntas. “Llegó justo en el momento que yo lo necesitaba, aunque no lo pedía, me di cuenta que lo necesitaba”, expresó. La invitación incluía algo decisivo: podía acercarse con sus hijos. Allí donde otros ámbitos imponen fronteras, el proyecto hizo lugar a su maternidad y a su deseo profesional al mismo tiempo.

La relación entre ambas también desarma la idea de que sólo enseña quien tiene más edad o experiencia. Luna encontró en Ludmila la firmeza necesaria para poner límites y salir de la comodidad. Ludmila, a su vez, convirtió la oportunidad recibida en una oportunidad compartida. “Aprender, dejarte ayudar y compartir eso”, resumió. En esa cadena, el conocimiento circula junto con el mate, los consejos y la escucha. Cada corte de pelo, cada clienta y cada jornada de trabajo adquieren otro sentido porque nadie crece en soledad.

Ese aprendizaje también modificó la relación con lo cotidiano. Luna reconoció que escuchar las necesidades de los chicos la ayudó a valorar su casa, su familia y aquello que parecía asegurado. Ludmila recordó el orgullo de comprar con su propio trabajo el calzado que había deseado durante años. No se trataba del objeto, sino del camino contenido en él. “Valoro absolutamente todo, desde un vasito o un poquito de agua hasta lo más grande”, dijo. Entre realidades distintas apareció una certeza común: agradecer no significa conformarse, sino reconocer el punto de partida para poder avanzar.

 

Cuando la ayuda empieza a multiplicarse

Ahora esa experiencia busca ensancharse con “Manos a la Obra con el Corazón en Acción”, una propuesta destinada a mujeres que necesiten ser escuchadas sin juicios, descubrir el valor de su propia historia y acercarse a un oficio. Se realiza los sábados, de 17 a 20, en la parroquia San Pablo. La iniciativa nace de una convicción sencilla: lo que alguna vez sostuvo a una persona puede convertirse en sostén para otra.

Al final, Ludmila leyó el texto que había llevado preparado y dejó una frase que reunió toda la charla: “Busquen un lugar donde los abracen y los impulsen”. Tal vez allí resida la fuerza de estas historias. No en negar las carencias ni romantizar el esfuerzo, sino en recordar que pedir ayuda, aceptar una mano y luego extender la propia también son formas de construir futuro. A veces, la diferencia entre rendirse y seguir está en descubrir que, a veces, para volver a creer en una misma hace falta que alguien crea primero.

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