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Cocina y Río: historias de vida narradas alrededor del fuego

Una charla en el programa de Leticia Pieretti permitió recorrer el universo del canal de YouTube nacido en pandemia que, con más de cinco millones de vistas, encontró en las comidas, las familias y lo

En los estudios de Sur +, la isla apareció como algo más que un paisaje: fue memoria, cocina, familia, trabajo, infancia y pertenencia. Leticia Pieretti recibió a Alejandro Pari y Ariel Velázquez para conversar sobre Cocina y Río, el canal de YouTube que desde hace casi cinco años viene retratando la vida de las familias isleñas del Paraná a través de sus comidas, sus oficios y sus historias.

Durante la entrevista, la conversación avanzó entre imágenes de la isla, fragmentos de los videos, comidas, anécdotas y nombres propios. Todo apareció atravesado por una misma mirada: respeto, amor y cariño por cada una de las personas que abren sus casas y sus historias para ser parte del proyecto.

La propuesta nació en pandemia, cuando el encierro empujaba a mirar pantallas y también a imaginar salidas posibles. La pregunta fue simple y enorme: por qué no hacerlo desde Villa, desde una ciudad chica que a veces parece pedir permiso para soñar en grande. Así se animaron, buscaron una lancha prestada, un amigo con carnet y grabaron un primer video de siete minutos. “Era todo muy prueba y error”, sumó Ariel recordando aquel inicio.

Cinco años después, con 55 videos publicados y un nuevo capítulo recién estrenado como parte de ese recorrido, la cocina quedó como puerta de entrada a otra cosa. Al comienzo llevaban una idea más armada, casi de programa gastronómico. Con el tiempo, el formato fue encontrando su tono: prender un fuego en el piso, usar lo que hay en la casa, cocinar como se cocina allí y dejar que la charla encuentre su propio cauce. “No son notas, no son entrevistas, son charlas”, dijo Ariel.

Ese modo de contar no nace de una mirada distante. Alejandro vivió en la isla hasta los siete años y Ariel conserva ese lazo por su historia familiar: su madre atravesó una creciente estando embarazada de él y debió venir a la ciudad. Con este contexto, los dos llegan a ese territorio con memorias, nombres conocidos, abuelos, padres y una cercanía que vuelve más genuino aquello que muestran.

Pero esa pertenencia también convive con una logística propia. “Para hacer el programa tenemos que cruzar el río”, explicó Alejandro, con todo lo que esa corta frase significa: cada grabación implica viaje, clima, espera y preparación: cargar lo necesario, mirar el cielo, aceptar que una tormenta puede cambiar los planes y entender que del otro lado no hay estudio ni escenografía, sino casas con su propio pulso. 

Ariel lo sintetizó con una escena mínima: una cámara chica, el brazo cruzado, una conversación que empieza antes de cualquier registro, sin luces especiales, sin micrófonos, sin grandes cámaras. Solamente dos personas mirándose a los ojos y conversando. En esa decisión estética hay una ética: no invadir, no montar un espectáculo sobre la vida ajena, no romper el ritmo de una familia para conseguir una toma más prolija. La belleza de Cocina y Río aparece justamente ahí: en mirar sin apurar y en entender que la isla no necesita ser adornada para ser narrada.

En esa forma de mirar aparecen los detalles propios de la isla. Como cuando la llegada de una canoa cambia el movimiento de una casa y los perros, además de compañía, se vuelven señal: no ladran igual si una embarcación pasa de largo, si se acerca alguien conocido o si llega un desconocido. Antes que timbre, hay oído animal; antes que aviso eléctrico, una lectura antigua del río.

Ese mundo también se cuenta alrededor de la comida. Un guiso, una empanada o una olla marcada por el uso no aparecen como objetos decorativos, sino como parte de una memoria práctica. “A mí dame esa que está toda abollada”, dijo Alejandro, porque ahí está también la verdad de la escena: en la leña, en el aluminio gastado, en la mesa compartida y en la sobremesa que abre paso a las historias.

Tal vez por eso el canal creció mucho más de lo que imaginaron cuando celebraban las primeras cien vistas: hoy supera los cinco millones de reproducciones totales y su programa más visto pasó el millón. Porque no se trata solo de recetas ni de paisajes: en cada video aparecen charlas largas, sobremesas, olores a corral, a yuyo, a verde, al agua, y una relación que queda incluso cuando la cámara se apaga. “Somos parte de la isla”, expresó Alejandro. Mostrar esos perros que anuncian llegadas, esas ollas abolladas y esos fuegos encendidos es también devolverle valor a una manera de vivir que forma parte de la historia común de la región.

La charla dejó una certeza sencilla: escuchar también es una forma de valorar. En tiempos de velocidad, Cocina y Río propone detenerse para entender que cada comunidad guarda saberes que no se encuentran con GPS. A veces alcanza con cruzar el río, prender el fuego, sentarse sin apuro y dejar que la vida diga lo suyo.

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